Es reveladora la diferencia entre dos intentos parecidos. En el primero, alguien empieza un hábito guiándose por el mito de los 21 días, y al día 25, al toparse con un fallo, decide que como el plazo «previsto» ya pasó y el hábito no se ha vuelto automático, algo debe de ir mal, y lo deja del todo. En el segundo, esa misma persona conoce el rango real de varios meses y, ante ese mismo fallo el día 25, sigue adelante, porque entiende que es una parte esperable del camino, no una señal de fracaso. Para el segundo mes el hábito realmente arraiga, precisamente porque no se abandonó a mitad de camino por unas expectativas equivocadas.
Una dinámica parecida aparece con el error contrario: cuando alguien sí conoce el plazo largo de varios meses, pero lo interpreta como una garantía: «si la ciencia habla de dos meses, en dos meses seguro que sale solo». Esa espera pasiva también falla: el plazo no es un cronómetro que corre solo, independiente de tus acciones, sino solo un reflejo medio de lo que suele hacer falta con repetición regular. Sin la propia repetición, ningún plazo llega por sí solo.
Son precisamente las expectativas equivocadas sobre el plazo, y no la complejidad de la acción en sí, las que a menudo se convierten en el motivo principal de romper el hábito en el segundo mes: la persona o bien espera un resultado demasiado rápido y se decepciona antes de tiempo, o bien no se da cuenta de que ya ha recorrido la mayor parte del camino y abandona casi al llegar a la meta.